Por Jan Martínez Ahrens – P. Llano / El País
Estados Unidos contiene la respiración. El monstruo meteorológico llamado Irma amenaza con causar una catástrofe sin precedentes. Tras devastar el Caribe y golpear con inusitada fuerza a Cuba entró este sábado en rumbo de colisión con Florida. Movilizadas ante el descomunal desafío, las autoridades habían ordenado la evacuación de 5,6 millones de personas, la mayor en la historia reciente. Bajo un cielo cada vez más siniestro y ventoso, decenas de miles de desesperadas familias buscaron cobijo en los refugios públicos, y millones se preparaban en sus casas para afrontar el embate de los elementos: vientos de 200 kilómetros, trombas bíblicas y desbordamientos de hasta cuatro metros de altura en una de las zonas más densamente pobladas del continente.
“Espero ver otra vez el sol, porque viene la noche más larga de mi vida”, decía Yaritza, con un bebé de un año en brazos y tres niños saltando a su lado en un refugio de Doral. Rodeada de soldados, vagabundos y desamparados, hacía cola para la comida. Cereales, yogur de un fosforescente color fresa, pan de molde y unas lonchas de pavo. “Es mejor que nada”, musitaba esta madre mexicana. No estaba sola, pero tampoco se sentía amparada. Había tenido que abandonar su pequeña casa de latón y madera ante el peligro de inundación y, con toda su familia, había deambulado por cuatro centros hasta dar con el que ya esperaba fuera el último. “Estoy agotada”. A sus 36 años, esta limpiadora mexicana sólo quería tumbarse en el suelo, abrazar a sus hijos y esperar a que todo pasase. Afuera, había empezado la tormenta. El escenario previo a la batalla.
El cielo negro, roto por afiladas rachas de viento. Palmeras caídas. Carreteras inundadas y un diluvio continuo. Las señales auguraban un devastador avance de Irma por Florida. El paso de un gigante dispuesto a hacer volar lo que encontrase a su paso. “Esto es una tormenta con una capacidad destructiva nunca vista, estamos haciendo todo lo posible para evitar daños a la población. Desde Texas a Luisiana, desde Florida a Puerto Rico, América permanece unida”, clamó el presidente Donald Trump.
Aunque su potencia, tras su periplo caribeño, se había reducido a un inestable nivel 3, el huracán mantenía su letalidad. Nunca desde que se tienen registros satelitales se había registrado en la zona un fenómeno con vientos sostenidos de tal intensidad y duración. Barbados, las Islas Vírgenes, San Martin y Cuba habían sentido sus terribles efectos. Decenas de muertos, miles de millones en pérdidas cimentaban la imparable pesadilla. Un peligro ante el que el Gobierno de EE UU, así como las autoridades estatales y locales desplegaron a sus efectivos, incluida la Guardia Nacional y la Armada, y activaron todas las alertas.
El mensaje fue simple. Lo mejor era abandonar los flancos débiles de Florida. O lo que es lo mismo, evacuar un espacio costero poblado por seis millones de personas, el 28% de habitantes. Y con la espada de Damocles de que la orden, como afirmó el infatigable gobernador Rick Scott, alcanzase a todo el Estado. “No lo hagas mañana ni esta tarde. Si estás en zona de evacuación, hazlo ahora. El huracán ya está aquí. Debes salir antes del mediodía en busca de refugio; más tarde, no salgas, tendrás dificultades para llegar a tu destino”, alertó Scott.
Bajo esta presión, las calles de Miami, una de las ciudades más coloridas y vitales de América, quedaron vacías. Millones de vecinos habían atrancado sus puertas; y los últimos desamparados, recogidos por las fuerzas militares, habían sido instalados en refugios. Entre los primeros, pese a los malos augurios, se palpaba un sentimiento de resistencia ante la inmensidad.
“Yo no me pienso ir de mi casa. Ya viví en Cuba muchos huracanes y he reforzado las ventanas y puertas; no creo que me pase nada; y si pasa, pues que Dios me tenga en sus pensamientos”, decía José, un camarero dispuesto a pasar con su familia las próximas 48 horas en su piso de Miami. “Mi casa está equipada y no me veo en un refugio, prefiero enfrentarme al huracán desde aquí, con mi familia, todos juntos, sea lo que sea, le haremos frente”, remachaba Juan del Castillo, un estadounidense de orígenes canarios. “Otras veces, lo hemos hecho, y no ha pasado nada”.
En la cabeza de muchos flotaba el recuerdo del huracán Andrew. El coloso de categoría 5 que en 1992, tras devastar las Bahamas, impactó en el sur de Florida. El resultado fueron 65 muertos, 65.000 viviendas arrasadas y pérdidas de 26.000 millones de dólares.
“En aquella ocasión me refugié en el aeropuerto. Y tengo buen recuerdo, nos dieron sándwiches muy ricos y uno se sentía protegido. Pero esta vez nos han expulsado del aeropuerto y me he tenido que venir aquí”, contaba sonriente Marc Gordon, un mecánico de coches, con piso en el frente de playa, una de las zonas de evacuación obligatoria.
Gorra roja, camiseta amarrilla y una sonrisa para todo, Marc se ha sentado en el suelo del refugio de Doral. Tiene 61 años y dice que ya ha vivido mucho para estar asustado. Ahora se solaza con la pizza que le han servido y que define como “maravillosa”.
-¿Y no teme por su casa, por su familia?
-No sirve de nada lamentarse de antemano, cuando ocurra veremos.
Pragmático, Marc acompaña a otros refugiados con la mirada y les saluda. “Aquí no se habla de Trump”, se ríe mostrando unos dientes muy blancos. Y tiene razón. La tormenta ha apagado en Florida los ecos de la política de Washington. Bajo el diluvio se borran las diferencias. El estadounidense Marc bromea con la mexicana Yaritza, los soldados ayudan a los sin hogar y a nadie se le piden los documentos ni se le amenaza con la expulsión. Mientras el cielo amenaza con romperse, millones de personas en Florida solo desean que el sol vuelva a salir.